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30/04/2026Héctor González, nuevo pastor de la ILCh: “Quiero una Iglesia viva, compasiva y misionera para el siglo XXI”

El pastor oriundo de Viña del Mar y que fue instalado en esta misma comunidad busca poner foco en tres aspectos claves: la proclamación del Evangelio a no creyentes, el trabajo con jóvenes y potenciar el ministerio de la música en la ILCh. Además, quiere construir una comunidad reconocida por su amor al prójimo, con un espacio de gracia en ciudades con heridas sociales.
La mañana del sábado 25 de abril, el exvicario Héctor González fue ordenado pastor de la Iglesia Luterana en Chile (ILCh) en el templo La Santa Cruz de Valparaíso, oportunidad en la que fue acompañado de familia, amigos, pastores e integrantes de la comunidad, quienes asistieron para expresarle su cariño en ese importante momento. El culto fue liderado por el pastor Rodolfo Olivera y el obispo Esteban Alfaro, quienes fueron acompañados por los pastores Robinson Reyes y Everton Knaul.
El pastor Héctor González fue instalado en la comunidad de Valparaíso-Viña del Mar, en la que ya tiene propuestos distintos objetivos para los siguientes años. Para conocer más acerca del trabajo futuro que desea hacer, el pastor accedió a darnos una entrevista, la que presentamos a continuación.
¿Cuál es su nombre completo?
Mi nombre es Héctor David González Astudillo.
¿En qué año nació y dónde? ¿Cuántos años tiene actualmente?
Nací el 8 de enero de 1981 en Viña del Mar y tengo 45 años.
¿Cuál es su situación familiar actual?
Estoy casado con la abogada Sarita Avilés Vidal y tengo dos hijos: Lucas, de 20 años, que estudia Derecho, y Mateo, de 2 años. Los dos viven conmigo.
¿Qué le gusta hacer en su tiempo libre?
La música es mi gran pasión. Toco piano, guitarra acústica, guitarra eléctrica, bajo y batería, compongo canciones propias y hago covers. Mis bandas favoritas son Queen y The Beatles. También me gusta mucho la informática y la lectura, especialmente en áreas como teología, filosofía, economía y política. Y por supuesto, el tiempo con mis hijos, especialmente con Mateo, que a los 2 años tiene una energía que no da tregua.
¿En qué ciudad/es y colegio/s estudió? ¿Tiene alguna carrera universitaria?
Estudié en Quilpué, Viña del Mar y Valparaíso, con bastante movilidad durante la enseñanza básica y media. En cuanto a formación universitaria, estudié teología en el Seminario Teológico Bautista, luego teología luterana en el Seminario Teológico Augsburgo, y realicé un posgrado en teología luterana en las Faculdades EST de Brasil.
Además, soy abogado de la Universidad de Valparaíso, y en esa misma universidad cursé posteriormente un Magíster en Filosofía. Aparte, tengo un MBA dictado en conjunto por la Universidad Andrés Bello y la Universidad Europea de Madrid.
¿En qué momento de su vida se convirtió en cristiano? ¿Cuándo y cómo comenzó a acercarse a la Iglesia Luterana?
Crecí en la fe desde muy pequeño. Mis padres me llevaban a la iglesia bautista desde que era bebé, así que la fe cristiana siempre fue parte de mi vida. Mi acercamiento al luteranismo es más reciente, hace aproximadamente diez años, y fue un proceso de descubrimiento teológico profundo.
Encontré en la tradición luterana una forma de entender el Evangelio que me habló con mucha fuerza: la gracia incondicional, la distinción entre Ley y Evangelio, la libertad cristiana. No fue un quiebre con mi historia de fe, sino una profundización de ella.
¿Por qué decidió convertirse en pastor? ¿Hubo alguna figura que influyera en esta decisión?
A los 16 años participé como misionero juvenil de verano, y en ese contexto conocí al pastor Ariel González. Su vida, su forma de ejercer el ministerio y sus enseñanzas me abrieron los ojos a algo que hasta ese momento no había sabido nombrar: un llamado. No fue una decisión repentina, sino el reconocimiento gradual de que Dios tenía para mí un camino pastoral. Desde ese momento la vocación fue madurando a lo largo de los años, junto a la formación teológica, la vida profesional y las experiencias de comunidad, hasta llegar al vicariato y la ordenación.
¿Cuáles son sus expectativas en torno a convertirse en pastor de la comunidad de Valparaíso/Viña del Mar?
Mis expectativas son grandes, pero con los pies en la tierra. Para mi ordenación elaboré una monografía sobre la misión luterana en Chile, y ese ejercicio me dejó con un diagnóstico claro: el luteranismo chileno ha sido históricamente una “iglesia de trasplante”, orientada a la conservación de una identidad étnica más que a la proclamación del Evangelio a la sociedad chilena. Valparaíso y Viña del Mar son el lugar donde quiero comenzar a cambiar eso.
Mi expectativa es construir una comunidad reconocida por su amor concreto al prójimo: un espacio de gracia genuina en ciudades con muchas heridas sociales. Quiero que la diaconía sea la puerta de entrada, aprovechar los bautismos, matrimonios y funerales como oportunidades reales de proclamar el Evangelio con calidez, y lograr que cada miembro entienda que la misión no es tarea del pastor, sino de todo el pueblo bautizado. En resumen: quiero una Iglesia viva, compasiva y misionera para el siglo XXI.
¿Hay algún foco específico en el cual le gustaría trabajar con la comunidad?
Tengo tres focos que me apasionan especialmente. El primero es la evangelización a no creyentes, entendida de manera integral: unir el anuncio del Evangelio con el servicio concreto, llegando a personas que nunca han tenido contacto con una iglesia o que se alejaron por experiencias de juicio y exclusión religiosa.
El segundo es el trabajo con la juventud. Este verano participé en el campamento de jóvenes de la iglesia y fue una experiencia que me llenó de alegría. Ver a los jóvenes vivir su fe con entusiasmo me confirmó que ahí hay un campo enorme. Quiero trabajar en su crecimiento espiritual y en su integración real a la vida de la comunidad, no como destinatarios pasivos, sino como protagonistas activos de la misión.
El tercero es el ministerio de la música. Soy músico, compongo, y creo profundamente en el poder de la música como lenguaje de fe. Me gustaría desarrollar este ministerio en la comunidad, porque la música bien cultivada no solo enriquece la adoración, sino que abre puertas a personas que de otro modo no entrarían a un culto.
¿Cuál cree que sean los principales desafíos en este nuevo rol?
Identifico tres desafíos fundamentales. El primero es superar la mentalidad de “mantención”: la tendencia a invertir toda la energía en administrar lo que ya existe, en lugar de abrirse a quienes están afuera. El segundo es orientar los recursos humanos y financieros hacia la misión, algo que históricamente no ha sido una prioridad. El tercero, y el más profundo, es despertar una urgencia misionera real en una iglesia que durante más de un siglo entendió su vocación como conservación y no como proclamación. Superar esa inercia requiere paciencia, visión y confianza en que es la Palabra de Dios, y no nuestras estrategias, la que tiene el poder de crear fe.
¿Tiene algún himno o canción cristiana que sea su favorita?
“Cuán Grande es Él”. Combina la grandeza de Dios con una humildad genuina de quien lo canta, y eso me parece que resume bien lo que debe ser la fe: asombro y gratitud.
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